Sábado: 4 de julio

Hola a todos! Lo prometido es deuda y vuelvo con esta segunda de tres entradas dedicadas al viaje que realicé durante mi fin de semana a Nueva York. Como podrán haber visto el viaje fue bastante intenso y se disfrutó al máximo, de modo que también fue agotador. Mirándolo en retrospectiva, todo lo que hicimos fue muy agradable, y la experiencia de haber estado y de haber conocido todo lo que conocí fue para mí única e invaluable. Después de todo, la primera ida a un lugar nuevo siempre es irrepetible.




Empezamos el día temprano y fuimos a tomar el metro para llegar al museo metropolitano de arte, el Met, que está ubicado en un costado de Central Park. Mientras que esperamos a Daniel y a Germán dimos una vuelta por los alrededores y conocimos un poco más la zona aledaña al museo. Después de haber visto edificios infinitamente altos, muchísima publicidad y una cantidad absurda de gente, aprecié de una manera muy distinta las zonas cercanas al Met, que me parecieron muy elegantes y tranquilas.



Cuando les toque, la entrada al Met es una donación voluntaria: usted escoge el precio que quiere pagar por la entrada. A pesar de que la donación sugerida es de $12, nosotros decidimos pagar $2 por nuestra entrada al museo. No negaré que sentí cierta culpabilidad por no aportar más, pero el presupuesto era lo suficientemente escaso como para no tomar la oportunidad.






Les cuento que pocas veces en la vida un museo me había impactado de la manera que este museo lo hizo. Expuestas en sus paredes hay piezas de todo el mundo, de todos los tamaños y formas. La sección que más me impactó fue con diferencia la del antiguo Egipto. Tienen una construcción gigantesca expuesta con toda la naturalidad del mundo. Sólo me queda la duda de cómo hicieron para traer todas estas piezas desde Egipto. Y no sólo lo digo por su transporte, sino también por la legalidad de los trámites para traerlas.







Algunas de las secciones que recorrimos fueron las de arte medieval, arte religioso, arte japonés, una exhibición temporal sobre la moda en la China contemporánea. Como podrán ver, todo el museo requiere de un día entero (y mucho más) para poderlo recorrer con todo el detalle que se merece. En ese orden de ideas, creo que Nueva York tiene la propiedad de que nunca se acaba de conocer, de modo que siempre te invita para que la vuelvas a ver y descubras nuevas cosas.




Luego de almorzar rápidamente cruzamos todo el Central Park a lo ancho para cruzar hasta el Museo de Historia Natural. En este caso también podíamos aportar una donación voluntaria, de modo que pagamos $1 para entrar al museo. De nuevo reitero que aunque me siento mal por haberle pagado tan poco a un museo tan espectacular, pero confío en que otras personas valoren lo que el museo vale y hayan pagado una jugosa suma por su boleta. El día que yo mismo pueda hacer un aporte más generoso, tengan la seguridad de que lo haré.










¿Cómo describir el museo de historia natural en una frase? Creo que tengo la indicada: Es un álbum de chocolatinas Jet a tamaño real. Y yo, tan fanático que soy de llenar el álbum, disfruté viendo con todo el detalle que me fue posible todo aquello que alguna vez soñé encontrar en la vida real. Desde las gemas, que antes venían también en el álbum, pasando por los dinosaurios, hasta llegar a las costumbres, tradiciones y culturas de los seres humanos que habitamos el día de hoy el planeta. ¿Lo que más me sorprendió? Creo que la ballena a escala que está colgada en medio del pabellón de animales acuáticos se lleva por derecha el premio. Los dinosaurios también se llevan un puesto especial. Creo que la persona que conozco que más habría disfrutado estar en el museo es mi papá. Recuerdo que cuando era niño me regalaban juguetes de dinosaurios que tenían una versión caricaturesca del dinosaurio con su cría. Espero que algún día la vida nos dé la oportunidad de ir juntos a la ciudad y recorrer el museo, como siempre lo soñé cuando era niño.



Luego de salir del museo estuvimos en Central Park, y después de reunirnos y encontrarnos todos decidimos tomar el metro hasta Brooklyn. Lo que teníamos en mente era caminar desde el metro hasta el Brooklyn Bridge Park, donde se puede apreciar una vista sin par de Manhattan. Como los fuegos artificiales se tirarían sobre el río Hudson, era el punto perfecto para sentarse. Ahora, el parque era puro cemento y estaba atestado de gente, pero la vista era ideal para observar los fuegos artificiales.







En el parque estuvimos conversando, hicimos pereza, nos sentamos después de todo un día de caminata, y aprovechamos para descansar los pies, que nos lo pedían a gritos. Y los fuegos artificiales cumplieron su promesa y por 25 minutos se encargaron de sorprendernos segundo tras segundo! Esto me hizo pensar un poco sobre la manera como nosotros, colombianos, nos sentimos sobre nuestra soberanía y sobre nuestro país, que es de todos y de nadie a la vez. ¿Qué sería de nuestro país si lo quisiéramos más y trabajáramos con más orgullo del que usualmente lo hacemos?





Antes de volver a la casa subimos a Brooklyn por la Atlantic Avenue, donde vimos una pizza que llamó nuestra atención al instante! Teníamos mucha hambre así que decidimos entrar y no me arrepiento. Fue un sitio muy bonito, la comida estaba deliciosa, y la atención fue muy buena también. Lo único que habría cambiado es que tuvimos que partir nuestro grupo en dos porque las mesas que tenían disponibles no podían albergarnos a todos.



Para terminar, volvimos caminando hacia el metro, donde nos despedimos de Daniel, que volvía a Manhattan. Nosotros seguimos nuestro camino hasta volver a la casa, en la que monté un par de fotos a facebook antes de dormir.

Y eso fue todo mi sábado! Espero escribir en unas cuantas horas la entrada del domingo para poder completar la trilogía. Gracias a todos por leerme y estar pendientes!

Un abrazo!

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